Noche. De madrugada. Hacía frío. No había estrellas y el camino a la mansión estaba plagado de sonidos extraños. Ella caminaba sola, en medio de la oscuridad, vestida únicamente con un ligero camisón, no notaba las piedras ni los guijarros puntiagudos clavarse en sus pies desnudos.Nadie sabía que el caserón era suyo desde hacía bastantes años, conocía todos los rincones, y como de costumbre, no entró por la puerta principal porque no deseaba ni podía cruzarse con ninguna de las personas que lo solían visitar.
Entró por un pasadizo secreto, un estrecho pasillo, debilmente iluminado, que rodeaba toda la casa y que mediante escaleras también accedía en paralelo a cada una de las habitaciones del piso superior. Había recibido aquella casa de una tía, a la que jamás había visto vivir en él, y cuando le dio las llaves, en su lecho de muerte, le dijo que nunca viviera allí, pero que entrara en ella por ese pasadizo, siempre por la noche, y disfrutara de lo que podía ver a través de pequeños orificios que había en cada una de las paredes en las distintas estancias.
La primera noche que acudió a la casa, que se encontraba en un promontorio, rodeada de un jardín, muy aislada del resto de edificaciones, sentía un extraño hormigueo en el estómago, que perfectamente podía confundirse con el miedo. Entró por donde su tía le había indicado, y se detuvo ante el primer haz de luz que encontró. Acercó temerosa el ojo, y vio una estancia luminosa, un dormitorio elegantemente decorado al mejor estilo romántico, propio de esas películas de La Dama de las Camelias, con flores, organdíes y grandes cojines. Mientras contemplaba los muebles, las lámparas, el ambiente, vio como una pareja entraba en el cuarto, también vestidos con ropajes cargados de miriñaques, volantes y terciopelos. El hombre se acercó a la dama, que tímidamente, miraba al suelo.
Empezó a desabrocharle los mil y un botones del vestido, mientras ella permanecía quieta, y él besaba cada espacio de piel que dejaba a la vista el botón que caía. Cuando los pechos brotaron, encima de un corsé blanco, estrecho y apretado, él se dedicó a besarlos suavemente, mientras que la mujer se atrevió a mover una mano, y acercándola a la cabeza del hombre, la presionó dirigiéndola a sus senos.
Ella estaba congelada, hipnotizada por la imagen, y contemplaba casi sin parpadear la escena. ¿Qué era aquella casa?. Caminó cinco metros en el pasillo y se detuvo nuevamente en el siguiente agujero en la pared, esta vez la habitación sólo estaba ocupada por una enorme cama redonda, en el centro del cuarto, las paredes eran de un rojo sangre y las luces eran muy bajas, sólo enfocaban a la cama y allí la escena de sexo estaba mucho más adelantada: dos mujeres desnudas, de una piel blanca casi transparente, se besaban y se acariciaban de forma desenfrenada, frente a un hombre atado a una silla próxima, también desnudo y excitado.
Siguió el camino, al siguiente haz de luz, en este cuarto, había dos camas idénticas, gemelas, enfrentadas una a la otra, y cada una de ellas estaba ocupada: la de la izquierda por una mujer y la de la derecha por un hombre, y a su vez la habitación estaba dividida por un enorme cristal que separaba ambas camas. Ella estaba masturbándose mientras él hacía lo mismo, sin dejar de contemplarla. Se acariciaban sólo con la mirada, mientras sus respectivas manos, buscaban en su propio cuerpo el placer del orgasmo...paraban, y se acercaban al cristal, y se facilitaban la visión de sus partes más íntimas, prohibiéndose mutuamente el acceso a través del cristal.
Ella se separó de la pared, y dejó de contemplar la imagen, había dejado atrás tres habitaciones distintas donde se desarrollaban diferentes escenas de sexo, y mirando a su izquierda vio lo que le pareció un infinito número de haces de luz...En cada una de esas estancias pensó que, probablemente, alguien estaba disfrutando del sexo, en un espacio ideal, según sus propias fantasías.
Estaba excitada, deseosa de entrar en uno de esos cuartos, y sin pudor pedir ser partícipe de alguna de esas historias. Una de sus manos, tocó la pared, y percibió un papel clavado en ella, lo arrancó suavemente, y lo acercó como pudo a la tenue luz que iluminaba el pasillo.
“Querida, sé que serás obediente, y como te pedí, entrarías a la casa por este pasillo. A estas alturas, ya habrás podido ver que en esta casa todo el que entra puede hacer realidad sus sueños de sexo, de pasión, de lujuria, de desenfreno. No todo es grato a la vista, por eso eres libre de moverte en los distintos espacios, contemplando lo que los demás, en su intimidad, son capaces de hacer para satisfacer un instinto que, en todos los tiempos y por razones absurdas, se ha procurado reprimir. En mi caso, me ha servido para ser más libre que ninguna de las mujeres de mi entorno y mi época, he hecho y disfrutado mucho. Pero sobretodo me he sentido casi como una diosa, al poder ver y escuchar lo que para otros está vedado. Sólo voy a darte dos consejos: nunca te permitas interrumpir nada de lo que veas, son sus vidas no la tuya, y jamás te conformes con la excitación de ser una observadora. Vive y ten el sexo que desees, visita ésta casa cuando tu día a día te parezca insípido, y renovarás todos tus anhelos. Y de mayor, como yo, elige a alguien que sepas que podrá preservar nuestro secreto y disfrutarlo. Si no encuentras a nadie, abandona la llave en cualquier lugar, alguien encontrará el camino y sé previsora. Déjale también tus indicaciones para que jamás descubran su presencia, y ten presente que ésta casa que para tí será la del placer, es para las personas que la ocupan la casa de sus sueños más íntimos. Respétalos. Con todo mi cariño, tu tía Justine.”





